martes, 24 de mayo de 2011

¡QUE SE CALLE LA CALLE!

Este título no es mera retórica; es lo que el subconsciente de la majeta que tiene su despacho en lo que fue la Dirección de Seguridad de Franco, en la Puerta del Sol de Madrid, traicionó subliminalmente al pronunciar ese exabrupto de “que vayan a acampar delante de la Moncloa!” . Pues no, señora marquesa consorte, por mucho que se empeñe en acallar la calle, este ruido ensordecedor del silencio de los indignados que acampan delante de su bonito despacho okupado, no desaparecerá cuando levanten sus precarias tiendas de campaña. Simplemente cambiará el panorama que a tantos nos ha devuelto una vivificante bocanada de aire fresco renovado. Sin solución de continuidad seremos probablemente millones de cabreados con el encubierto programa de su partido los que nos sumaremos a esa turbulencia que ha sacudido las empolvadas alfombras de la política al uso. La nube de miasmas que esta revolución de indignación ha levantado será muy difícil que pueda hacerla invisible su voz engolada de falsa chulapona.

Durante toda la campaña electoral -cansina y sin una sola propuesta ni programa de alternancia real, acumulando falsedades para distraer al personal- hemos tenido que soportar su mirada bizqueante de vieja cobra maligna que, convenientemente retocada con el socorrido “fotoshop”, nos ha amenazada mil veces repetida desde todo poste o farola disponible. Una masa aborregada y obediente a las consignas de los medios de intoxicación ha funcionado, como un ejército embrutecido, a la orden de una marca comercial (que es en lo que se ha convertido el PP) para forzar un cambio hacia la nada. Porque, no nos equivoquemos en juicios más o menos sesudos o pseudo politológicos: la masa descerebrada e inane no ha perseguido ningún objetivo regeneracionista. Un simple vistazo a lo que ha salido de las urnas (“sandokanes” cordobeses, “gürtelos” valencianos y diversos “vendedores de corbatas de humo” con falsas utopías independentistas) nos coloca en un desierto casi insoportable, más cercano a un entorno berlusconiano que al escondido –y probablemente inexistente- paraíso liberaloide, plagado de desesperanzas, retornadas de la UE o falsas denunciantes, todas con una falsa sonrisa de reminiscencias reptiles.


Parece que sólo nos queda el frágil consuelo del sonido de la calle de los indignados. Por eso resulta tan ofensivo el mensaje subliminal que emana desde los despachos: “¡que se calle la calle!”. Será cada día más difícil de imponer esa sordina a un estruendo de silenciosas manos levantadas contra la corrupción político-financiera, que avanzará imparable por las anchas avenidas informáticas, con voces renovadas a cada instante. Para desesperación de los que se alegran de forma imbécil por un triunfo que sólo anuncia tiempos de privatizaciones, corrupciones en cadena y la fácil excusa de la prescripción de delitos contra la ciudadanía, que invalidan a perpetuidad a sus implicados. ¡Larga vida al M-15-M!

Francisco González de Tena.

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