martes, 15 de mayo de 2012

Algunas propuestas del M-15-M dignas de consideración


En la tarde-noche del sábado 12 de mayo Madrid volvió a vivir otra jornada que no debe ser olvidada, sobre todo por su relevancia. La Puerta del Sol no pudo ser desalojada a las 10 de la noche, tal como se comprometió la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes. Habría sido un suicidio del orden público, a pesar de los recursos de malos leguleyos de última hora con los que se pretendió reforzar el ministerio del Interior. Todos los engranajes que han precedido esta jornada y la actuación con la que nos vienen obsequiando estos aprendices de brujo, entusiastas amigos de la cachiporra gubernamental, apunta a unos modos de regentar la cosa pública a golpe de Decretos Leyes mucho más próxima de una dictadura que de la exigible transparencia democrática.

Y estos gritos, a veces mudos en su propuesta como el clamor de la media noche de ayer, son con los que por fuerza nos tenemos que solidarizar. Es cierto que, a la vista de la espantada del 70% de los electores que permitió que un 30% elevase a la mayoría absoluta a la derecha menos presentable de Europa (en cuanto a su falta probada de eficacia, contumacia en recetas neoliberales ruinosas y sordera al clamor de la ciudadanía desesperada), muchas voces críticas censuraron la falta de definición del M-15-M. Incluso se volvió a oír el reproche de no atreverse a formar un partido político que aglutinase toda esa indignación, huérfana de cauces al uso de partitocracia.

Este es precisamente el punto que intentaré analizar someramente, para colaborar a arrojar algo de luz en la línea del 15-M, y ver de esa forma si existe una racionalidad en sus planteamientos globales, y coherencia en los puntos concordantes con la idea de abominar de esta evidente falta de eficacia de los partidos políticos tradicionales.

La ciudadanía está harta, y ahora es una afirmación casi mundial, de que los políticos profesionales se presenten como depositarios de un fondo casi infinito de confianza de los ciudadanos que pagan impuestos con muy pocas contraprestaciones, ese 99% que soportamos, inermes o resignados, el peso de la financiación del Estado y de otras muchas más instancias no tan evidentes, como los especuladores financieros a los que se les agrupa como invisibles, impunes y arruinadores mercados. Por supuestos son mercados presuntamente sin ideología definible que buscan, por encima de todo, su propio e insaciable beneficio. Aparecen, entonces, los gobiernos como simples marionetas en manos de esos señores oscuros. Y se justificaría de esta forma antidemocrática el grito repetido de “¡No nos representan!”. Y contra ese colectivo, los políticos profesionales que bloquean (o no son sensibles) a una ya más que inaplazable participación activa y directa de los ciudadanos, es contra la que va el grito y el espíritu del M-15-M.

La exigencia de participación directa, efectiva y dinámica, es lo que está en la base del movimiento 15-M. Es ya una evidencia innegable que el futuro no se parecerá en nada al pasado, con otra forma de hacer y participar en política. Los medios informáticos son una poderosa herramienta y una mayoría de los ciudadanos, más comprometidos y sensibles, no están dispuestos a permanecer ausentes de la ciudad que han creado, en cuya geografía han crecido y vivido, y que en definitiva les pertenece.

La evidencia y la ineficacia ha demostrado que las estructuras cerradas de los partidos políticos ponen plomo en los pies de un Parlamento, que soporta impasible manipulaciones (como las falsas “herencias”, de la que las oposiciones parlamentarias no son ni inocentes ni ausentes), cuentas públicas opacas que no soportan un análisis riguroso y realista y, sobre todo, corrupciones de todo tipo que se repiten inmunes. Con un paro juvenil que no para de crecer, una diáspora de titulados que van a volcar su formación a precio de saldo fuera de nuestras fronteras y con los cauces de participación cegados o ralentizados hasta la desesperación, ¿nos podemos extrañar de la indignación de los Indignados?

La razón última es contundente: si el Sistema es la perpetuación de los privilegios de todo tipo (Iglesia, políticos corruptos, banqueros impunes y otras faunas indeseables); si el Sistema es no poner coto a los paraísos fiscales, indultar a costo de segundas rebajas a los evasores ni gravar hasta el mismo nivel a los que juegan a la especulación usando humo, mientras las rentas del trabajo soportan el grueso de la carga fiscal; y si se puede contabilizar como “pérdidas” cualquier enjuague contable; identificarse como “Antisistema” es, entonces, simplemente una necesidad vital y no un delito.


Francisco González de Tena
Doctor en Sociología
Madrid, 13 de Mayo, 2012

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