viernes, 21 de enero de 2011

LA SEGUNDA CAÍDA DE LAS VÍCTIMAS

Nadie duda que estamos instalados en un conflicto social en España de imprevisibles consecuencias para la convivencia presente e incluso futura. Los actos de violencia más o menos verbal son casi cotidianos, y casi todos hemos presenciado o vivido episodios de esta desagradable realidad. En una reflexión mía anterior ponía el énfasis en la transmisión de consignas bien dosificadas que numerosos palanganeros, disfrazados de periodistas “de investigación”, se encargan de difundir por conocidos medios de intoxicación por todos los canales. Para alguien acostumbrado a analizar los conflictos sociales del pasado los componentes del actual resultan paradójicos. Los viejos “conflictos de clase” con sus valores identificativos enfrentados ya no sirven ni para un análisis incluso somero.


¿Qué identifica hoy a este enfrentamiento nada teórico? El que asegure que las clases sociales son cosas del pasado debería pararse un poco a comprobarlo. Lo que en realidad está ocurriendo delante de nuestras propias narices es que los que provocaron una serie encadenada de crisis son ahora sus primeros beneficiarios, y los perjudicados, no sólo están pagando un precio desorbitado por pecados ajenos, sino que además están asumiendo con pasión los postulados de sus propios verdugos y además saltan como fieras desbocadas dispuestos a machacar con argumentos infectados a quien se atreva a defender un mínimo espacio de cordura, no digamos de convivencia. Nunca unos sinvergüenzas, corruptos sin paliativos, tuvieron tan fácil acceder a la impunidad que otorga estatus político, prescripciones forzadas, anulación de pruebas de delitos evidentes (y probados) y evadir, sin retorno posible, el producto de sus rapiñas. Y todo ello con la complacencia, cuando no la encendida defensa, de los no admitidos al banquete.


Este estado alarmante de alteración de líneas éticas tiene un correlato en un asunto que, a poco que nos molestemos en analizarlo, comprobaremos que tiene mucho que ver con las tramas perfectamente organizadas para dar un vuelco a la decencia, hasta hacerla irreconocible. La opinión pública, española e internacional, se vio hace pocos meses convulsionada por la terrible noticia de que en España se han estado robando y vendiendo neonatos como si se tratase de cachorros de mascotas de lujo. El estupor dejó paso a la incredulidad de que este tráfico inhumano se haya podido producir hasta hace muy pocos años en la más absoluta impunidad.


En la primavera del 2008 me llegó el primer caso que ahora no repetiré, ya que ha sido suficientemente aireado y en pocos días volverá a plantearse en sede judicial. Ese caso y otros que le siguieron, investigados con técnicas sociológicas retrospectivas, dieron lugar al primero de mis informes entregado al titular del Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, el magistrado don Baltasar Garzón. Esto sólo lo apunto para que se pueda seguir el hilo argumental de la causalidad (que no casualidad) que está llegando a desbordar el vaso, probablemente por un líquido ni inodoro ni incoloro. El concepto de “robo de niños” aparece en mi informe y en el auto que provocaría después (entre otras y de forma al parecer incidental) la expulsión de su labor como juez del magistrado señor Garzón.


Hasta aquí una somera descripción de los hechos ya sobradamente conocidos. Ocurre que ahora, justo cuando existen varias plataformas que se preparan para presentar los casos que cada una ha reunido, resulta que comienza a detectarse un fuerte oleaje como mar de fondo que amenaza con convertirse en un maremoto. Algunas voces, antes pidiendo la búsqueda de una respuesta al desconcierto que trae la pérdida inexplicable de un hijo, el desconocer si también está vivo y se dio en adopción al margen de su familia de origen, y sobre todo demandar una verdad que oprime cada día, ahora esas voces han cambiado inopinadamente empujadas por un viento insospechado hace sólo unas semanas. Recibo algún correo que afirma con ardor que “eso nada tiene que ver con el frankismo” (reproducción literal de la grafía del remitente), “sólo hubo un robo de niños por motivos económicos; nada más”. Todo demasiado orquestado como para permanecer impasible.


España se ha convertido, por la labor implacable de los lacayos del bulo, en un patio de manicomio lleno de ruido y furia, como ya se nos anticipaba hace años. Lo más grave es que los infectados por ese virus de la desinformación se han convertido en propagandistas entusiastas, a su vez, de esa mancha de aceite envenenado que hace muy difícil la convivencia entre discordantes, hasta convertirlos en enemigos declarados. Las razones y los argumentos documentados son despreciados, cuando no puestos en solfa por los corifeos de este drama nacional. Por estas razones me abstendré ahora de exponer las líneas de mi investigación, dejando eso para el informe final.


Interesa salir al paso de un movimiento calculado, otro más, de esa estrategia de los ideólogos de la caverna para poner todos los diques posibles a una, cada vez más débil, resistencia a sus planes de convertir esto en un desierto de ideas. Nunca podría imaginar que algunas de las víctimas (directas, colaterales o incidentales) del robo de niños podría introducir consignas dispersantes, siguiendo pautas de los herederos, cómplices o simples comparsas, de los asesinos de crimen tan repugnante. Alguna persona vinculada a ese colectivo ha estado sembrando un germen muy peligroso en estos momentos: rechazar toda vinculación entre la impunidad con la que un colectivo de médicos, sacerdotes, enfermeras, monjas, abogados, notarios y registradores civiles actuaron durante años (con connivencias muy notorias) actuando, protegiendo y mediando en el robo de niños, todo ello en el marco social de una ideología totalitaria dominante durante décadas en España. A ese coro increíble se han unido algunas voces académicas negando la pervivencia, ya innegable, de un franquismo sociológico que muestra cada día su penetración en sectores claves de la magistratura, la política y, mayoritariamente, de los medios de mayor influencia en las masas desinformadas. Esos mantras incansables de la demagogia rancia introducen, además, un elemento que reforzará el rechazo de las instancias judiciales que más fuerza han demostrado para frenar todo intento de resarcir, al menos moralmente, a las víctimas de esos robos. Es cierto que no todas las madres víctimas se pueden enmarcar en una clase social heredera de los perdedores. Muchas eran simplemente pertenecientes a familias que no habían conseguido un estatus social elevado (incluso una de ellas hija de un militar franquista de alta graduación que se vio perjudicada, precisamente, por esa moral reaccionaria) pero es indudable que rechazar, sin investigar con rigor el universo social afectado, tratando de despreciar mi trabajo serio y concienzudo, es simplemente hacerle el caldo de cultivo a los que intentan reforzar el rechazo judicial.


El marco al que nos enfrentamos judicialmente es preocupante, para qué negarlo. Baltasar Garzón es una pieza importante para esta jauría de los pregoneros del desastre socialista, pregonado curiosamente desde el primer día de la derrota electoral de las gaviotas pardas, y mucho antes de los primeros escollos financieros importados y de los espejismos propios. El magistrado es un elemento simbólico, y de largo alcance internacional, pero ni mucho menos es el único objetivo. No nos engañemos; aquí existe un plan muy bien elaborado que, por desgracia, está siendo coreado con entusiasmo por los mismos que han padecido las consecuencias de los juegos malabares en las finanzas “imaginativas” y de los vendedores de ladrillos inflados. Para mayor sensación de desamparo los llamados a poner coto a este coro de trompeteros desaforados, instigadores de la caverna y cómplices varios con toga o sin ella, es decir el Gobierno de España, está ausente (y no se le espera) para poner coto a tanto acoso y derribo, incluido el del propio Gobierno. Ahora toca introducir un elemento de descrédito al colectivo que sólo pide ser amparado en una vulneración gravísima de sus derechos fundamentales de la persona, en el marco de Derechos Humanos básicos e incluso del Derecho Internacional comparado. Gritar que “todo esto nada tiene que ver con el frankismo (así escrito literalmente) es hacer una afirmación gratuita, sin base empírica y sin posibilidad alguna de ser demostrada. Pero a estos voceros de la reacción no les hace falta demostrar nada. Sólo gritar, aunque dañen a miles de ciudadanos y, de paso, a ellos mismos.


Francisco González de Tena Madrid 21 de enero, 2011

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